Cada X años, y en base a esa frecuencia se puede inferir cada cuanto tiempo cambio de ordenador personal, escribo un post titulado “quo vadis, Ubuntu”. Tras un par de ellos sé hacia dónde va: lejos, lejos de los portátiles. Básicamente Ubuntu sigue sin ser válido para uso en dichos dispositivos a menos que hayan sido configurados específicamente para él, o a menos que se disponga de ingentes cantidades de tiempo y ganas para configurarlos correctamente a base de importantes cantidades de ensayo y error.
Con mi flamante Lenovo Z50-70 estoy llegando al límite de la paciencia. Los controladores de la tarjeta gráfica Nvidia GE Force 640M despendolan el sistema y hay que hacer trapicheos para que no sé qué fichero no se sobreescriba cuando se reinicia el sistema. He decidido renunciar a ellos hasta que estén más estabilizados para 4.14 LTE. La wifi se desconecta sin motivo aparente: tanda de sudos para conseguir que no lo haga. El trackpad no es detectado, no es instalado pero funciona como ratón. El tema multitáctil me importa un pepino, pero intentar escribir sin que el trackpad esté deshabilitado es un suplicio. Pues zas, en toda la boca: si logras que se detecte el trackpad deja de funcionar su botón derecho. Triste pero cierto. Y ahora mismo, para acabar de matarla, resulta que el Bluetooth no funciona. Para ello no he encontrado todavía solución. No quiero el Bluetooth para nada, pero es triste andar acarreando electrónica que no puedes utilizar en un supuesto de necesitarlo.
Mi dedo hace círculos peligrosamente sobre el botón de “one key recovery” que lo devolverá permanentemente al lado oscuro, a Windows 8.2…