La parte de un proyecto que más me…

La parte de un proyecto que más me gusta es la de identificación de riesgos durante el estudio de factibilidad del proyecto. Es la más divertida: si en retrospectiva te pones a ver los riesgos identificados siempre te ríes, porque compruebas que de las cosas que tanto te preocupabas a priori nada pasó, pero luego surgieron una serie de cosas rarísimas e inimaginables.

Una vez el día de una puesta en marcha sufrimos lo que ahora llamo “el efecto zanja”. En plena fiebre constructora pre-crisis, una excavadora haciendo una zanja que luego rellenar sesgó todo el manojo de cables que alimentaban a un data center de categoría/tier 3.La única manera de comunicar con ellos y averiguar qué sucedía fue tomar un taxi y plantarnos en la puerta, porque los responsables ni podían recibir email, ni faxes, ni llamadas telefónicas.

En otra ocasión sufrí el efecto “siglo XXIII”. En otra puesta en marcha de otra aplicación de movilidad tardé 3 horas en darme cuenta que el motivo por el que “nada funcionaba” no estaba ni en el servidor, ni en las comunicaciones, ni en el software de los dispositivos… Los administrativos del centro piloto habían tomado por costumbre, con el objetivo de evitar una regla de negocio dictada desde “arriba”, crear todas las órdenes de trabajo con fecha 1 de enero de 2222. Y claro, las reglas de validación de mi sistema rechazaba dichas órdenes por inconsistencia e datos. 3 horas con cara de gilipollas delante de técnicos instaladores que cobran por orden de trabajo completado y a los que no dejábamos salir a trabajar con sus instrucciones en papel.

Visto lo visto, ¿vale de algo el análisis de riesgos? Yo sigo opinando que sí, y no solo por su valor humorístico.

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