Soy una de esas pringás que trabaja por cuenta ajena y que por lo tanto paga sus impuestos (muchos) religiosamente. Es por eso que estoy desarrollando una cierta desafección hacia los skaters, BMX’eros y demás deportistas de riesgo urbanos. ¿Por qué? Las externalidades de su actividad siempre son negativas para mí. Estas son: accidentes por una parte y deterioro del mobiliario urbano por la otra. Si pensamos en los accidentes: éstos requieren una visita al servicio de urgencias del hospital (pagado con mis impuestos) y posteriormente o bien en una baja laboral (que yo subvenciono mediante mis impuestos) o bien en absentismo escolar y posible repetición de curso (tener a ese chaval un año más en la escuela -tanto si es pública como concertada, y no digamos si es la universidad- es algo que se paga con mis impuestos). Si pensamos en el mobiliario urbano: pues es obvio que es con mis impuestos que se tiene que arreglar o sustituir, ¿no? Vamos, que me cuestan un pastón. Es por eso que no me hacen nada de gracia, por muy “cool” que sea tener la ciudad llena de skaters y amigos filmando sus ridículos saltitos.